El Ojo Turco en America Latina

Nazar Boncuk es el nombre turco de este amuleto (talismán para algunos) que protege contra el mal de Ojo.

Estos amuletos forman parte de la vida cotidiana de los turcos como objetos de decoración del hogar, en coches y oficinas. Las mujeres los llevan en pulseras, collares, pendientes y colgantes, y los niños prendidos en su ropa.

El amuleto es un ojo y puede tener diversas formas y tamaños aunque por lo general suele ser redondo.

El influir maléfico que se atribuye a la mirada de algunas personas, es una creencia muy antigua. Las raíces de esta creencia llegan hasta Babilonia y el antiguo Egipto. También se ha observado entre los sumerios y los hititas. La idea de que “los ojos son la parte más expresiva y evidente del cuerpo” y que “los malos sentimientos que están dentro del ser humano salen fuera a través de los ojos”, hizo que se naciera un ojo protector.

Algunas fuentes llegan a decir que el origen del ojo azul se debe a la invasión de los pueblos nórdicos. Los nórdicos tenían los ojos azules y a su llegada a los pueblos de Anatolia (ocupada actualmente por la parte asiática de Turquía) fueron vistos por sus habitantes como invasores que les echaban mal de ojo, y para evitarlo crearon el ojo azul.

También los turcos, en Asia central, en la época chamanística tenían supersticiones parecidas. Durante toda la historia se ha creído en el mal de ojo, y se han utilizado la herradura, el ajo, el diente de lobo, la espina seca, el plomo, algunas piedras etc. como amuletos u objetos protectores, aunque sin duda el ojo azul de cristal, el ojo turco, ha sido el más popular.

Hoy en día, en algunos pueblos del oeste de Turquía en los hornos primitivos, donde generalmente utilizan leña del pino para tener mejores resultados, se fabrican los ojos con cristal reciclado, y para dar el color utilizan cobalto, ópalo y zinc.

¿Cómo se echa “Nazar” (el mal de ojo)?

Un hombre con un coche nuevo se encuentra con su vecino y este le dice: “¡Qué coche tan bonito!”. Más tarde el hombre tiene una avería, y piensa “mi vecino me ha echado un Nazar” pues tenía envidia del coche. Para evitar esto, se utiliza el ojo turco, y además cuando se dice “¡Qué coche tan bueno!”, se responde “mashallah, nazar deymesin” (no le pegue el mal de ojo).

Un dicho turco:

Nazar etme ne olur, çalis senin de olur. => Por favor no eches mal de ojo, para conseguirlo vete al trabajo.

CONTACTO CHILE: (09) 74944001.

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La escena del Calvario, un remedio medieval

La CrucifixiónLa enfermedad del Fuego de san Antonio, o Fuego sagrado, y la devoción al crucificado. El monasterios de Isenheim fue consagrado a san Antonio en 1070 para asistir a los enfermos. La Crucifixión es la escena representada en los dos paneles centrales del Retablo de este monasterio. Fe.

Al finalizar la Edad Media, las enfermedades y la muerte campeaban por los campos europeos y la miseria se constituía en uno de los factores que empujaría al mar a las naciones mediterráneas en busca de nuevas rutas que ampliaran sus fronteras comerciales. La población había sido literalmente diezmada por la peste negra y las guerras completaban el macabro escenario en medio del cual el hambre era el protagonista permanente. El pan del Medioevo y de las épocas siguientes era muy diferente del moderno. Para empezar, la mayor parte ese alimento se elaboraba con harina de centeno, de semillas de uva, de flores de avellano y de raíces de helecho. En terrenos fértiles el trigo se cultiva con la misma facilidad del centeno, pero los abonos químicos eran desconocidos y era poco el ganado, la fecundidad de la tierra era mínima y en los suelos pobres el trigo no crece tan bien como el centeno. El pan de trigo era por consiguiente un lujo muy costoso y el centeno u otras clases de pan eran los alimentos usuales del pueblo.

Un hongo denominado cornezuelo (Caviceps purpurea) infecta comúnmente a los granos del centeno en condiciones de humedad durante el almacenamiento y produce una amplia variedad de sustancias conocidas como alcaloides del cornezuelo del centeno, un verdadero arsenal farmacéutico debido a que sintetiza: histamina, acetilcolina, tiramina y otros productos biológicos activos además de una veintena o más de estimulantes. La absorción de los alcaloides del cornezuelo es variable a partir de la vía gastrointestinal. La ingestión accidental de los alcaloides del cornezuelo en granos contaminados se remonta a más de dos mil años a partir de las intoxicaciones epidémicas conocidas como ergotismo. En el año 600 antes de Cristo una tablilla asiria relataba la presencia de una “pústula nociva en la espiga del cereal”. Los persas en sus libros sagrados refirieron: “… entre las cosas malignas creadas por Angro Maynes están las hierbas nocivas que hacen que la embarazada aborte y mueran en el lecho de parto.” Los antiguos griegos rechazaban el “negro y maloliente producto de Tracia y Macedonia.”

Los efectos tóxicos más dramáticos del cornezuelo del centeno son alucinaciones floridas, espasmos arteriales prolongados con gangrena, infarto intestinal y estimulación del músculo del útero con potencial efecto abortivo. Durante el Medioevo a las intoxicaciones por el cornezuelo se denominaron Fuego de san Antonio, con gangrena de pies, piernas, brazos y manos. En los casos graves los tejidos se secaban y se ennegrecían como carbón; los miembros momificados se desprendían sin hemorragia, consumidos por el “fuego sagrado” o mal de los ardientes, puesto que los afectados describían una insoportable sensación de quemadura en las extremidades que los devoraba hasta morir.

Testimonios de las curaciones

Durante los siglos IX al XII, la veneración a san Antonio el Ermitaño originó una gran profusión de iglesias y conventos erigidos para testimoniar las curaciones milagrosas atribuidas al santo en los casos de intoxicación con el cornezuelo. Las peregrinaciones a los santuarios de los monjes de la orden de san Antonio o Antoninos, orden religiosa encargada de curar el mal de los ardientes se difundieron como prácticas médicas y es muy probable que fueran reales ya que los enfermos recibían dieta libre del grano contaminado durante su permanencia en esos lugares con potencial regresión de los síntomas en los casos leves de la enfermedad.

Uno de estos monasterios, en Isenheim al sur de la ciudad francesa de Colmar, fue consagrado a san Antonio hacia el año 1070 para a asistir a los enfermos del Fuego sagrado. Está situado sobre una antigua vía romana que comunicaba a Basilea con los lugares de peregrinación tradicionales de la Edad Media: Roma y Santiago de Compostela. La fama creciente de los monjes por su tratamiento exitoso del ergotismo, hizo que numerosos lisiados buscaran en el monasterio de Isenheim un lugar más de romería durante varios siglos del Medioevo.

El Retablo del monasterio de san Antonio

Matthias Neihardt Gothardt más conocido como Grünewald (1475-1528), pintor e ingeniero hidráulico fue uno de los exponentes del Renacimiento alemán al lado de Alberto Durero y de Lucas Cranach, que permaneció relativamente desconocido hasta el siglo XX. De su obra se ha afirmado que “abraza la vida íntegra con un gran contenido espiritual sin las excitaciones psicológicas de la realidad.”

Se dedicó a ilustrar pasajes bíblicos, especialmente escenas de la crucifixión sombrías y llenas de dolor. El carácter visionario de su obra, con sus expresivos colores y líneas, contrasta con la obra de sus contemporáneos.

Una de sus obras más reconocidas, y equiparada incluso, con trabajos pictóricos de la talla de las Estancias Vaticanas de Rafael y de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, fue el Retablo para el coro de la iglesia del monasterio de san Antonio de Isenheim pintado entre los años de 1512 y 1516, actualmente expuesto en el museo Comunal de Colmar en Francia, donde termina una historia de varios siglos de desconocimiento sobre su autor y que por muchos años fue atribuida al mismo Durero.

La obra constituye un políptico de tres partes alineadas en forma vertical: cada una compuesta por un par de alas movibles y una fija que permitían que el retablo se abriera y reabriera sobre el mismo para recrear las fiestas religiosas a lo largo del año: en la superior la escena de la Crucifixión y en las alas, san Sebastián y san Antonio; en la intermedia, la Natividad y en las laterales la Anunciación y la Resurrección. En la inferior, las alas están dedicadas, la izquierda a san Antonio el Ermitaño y san Pablo, y en la derecha a Las tentaciones de san Antonio.

Ante el retablo eran conducidos los enfermos del Fuego sagrado a la espera de que el santo intercediera para obtener un milagro a su favor, o por lo menos encontraran consuelo en la contemplación de las escenas de la pasión de Cristo allí representadas. De acuerdo con las creencias medievales las imágenes del Calvario y la meditación de su infinito dolor tendrían un poder curativo, acordes con la máxima de “El mejor remedio: la oración, el mejor hospital: la iglesia y el supremo sanador: Cristo.”

Alrededor de la Crucifixión

En una de sus primeras obras, fechada en 1503, Grünewald había pintado El escarnio de Cristo, expuesto actualmente en la Antigua Pinacoteca de Munich, poseedora de un dramatismo hasta entonces inédito. Los rostros de los verdugos sólo expresan brutalidad, de modo casi caricaturesco, lo que recuerda a obras del Bosco (Cristo con la cruz a cuestas) y a los estudios fisonómicos de Leonardo (Cabezas grotescas).

La Crucifixión es la escena representada en los dos paneles centrales del Retablo de Isemheim cuando está cerrado y es la imagen más conocida de dicho retablo, mide 269 centímetros de alto, y 307 de ancho. Está pintado al temple y óleo sobre un panel de madera de tilo. “El eje central es la Cruz en la que yace Cristo, ligeramente descentrado; su cuerpo está crispado, y casi putrefacto, con heridas purulentas. La cruz de madera ha sido realizada a partir de un árbol groseramente tallado. Su brazo horizontal se comba al sostener el cuerpo imponente de un hombre martirizado, retratado en el último espasmo que precede a la muerte. Las manos clavadas a la cruz parecen contorsionarse convulsamente, los brazos se extienden desarticulados por encima de la cabeza reclinada sobre el pecho, cubierta de una impresionante corona de espinas; la boca deshecha por el dolor parece haber exhalado ya el último suspiro.”

Ernst Gombrich, crítico y profesor de arte, comenta la escena: “Como un predicador de la Pasión, Grünewald no ahorró nada para expresar los horrores de la cruel agonía: el cuerpo moribundo de Cristo está deformado por la tortura de la cruz; las espinas de los látigos penetraron en las heridas supurantes que recubren toda la figura. La sangre de color rojo oscuro contrasta claramente con el verde pálido de la carne. Cristo crucificado expresa el significado de su sufrimiento a través de las facciones y del conmovedor gesto de las manos.”

Sobre la misma escena anota el escritor francés Joris-Karl Huysmans: “Este Cristo espantoso, moribundo sobre el altar del hospicio de Isemheim parece hecho a imagen de los afectados por el Fuego sagrado que le rezaban, y se consolaban con el pensamiento que el Dios, al que imploraban, había probado sus mismos tormentos, y que se hubiese encarnado en una forma repugnante como la de ellos, y se sentían menos desventurados y menos despreciables.”

“Es una obra apasionante. Hay elementos en ella de una extraña violencia, casi desagradable. Expresa un misticismo violento. Ilustra las tendencias artísticas de Grünewald: el expresionismo y el realismo de la carne lastimada, uniendo en la misma obra la sobriedad de la composición y del fondo negro con la complejidad y la sobrecarga de la puesta en escena, sumergida en un paisaje colorido, una luz tan pronto solar como pálida, un color denso o traslúcido”. (Patricia Carrasat. Maestros de la pintura).

Impacto sobrecogedor

Su concepción de estos temas conocidos es única; las composiciones, reforzadas por un trazo de enorme expresividad y una riqueza de color sin igual en el arte alemán, producen un impacto visual y emocional sobrecogedor: por ejemplo, el Cristo crucificado, cubierto de heridas y retorcido en la agonía, constituye una imagen vivamente expresada de sufrimiento y muerte.

El Cristo resucitado, que flota triunfal y radiante en una composición ascendente en medio de una luz intensa, es la personificación de la vida eterna. En sus obras posteriores Grünewald no llegó a igualar nunca el esplendor que alcanzó en su gran retablo, aunque muchas se asemejan en estilo y contenido, como en la Pequeña crucifixión (1519-1520), expuesto en la Galería Nacional de Washington.

Francisco González López – Profesor Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 2008.