La escena del Calvario, un remedio medieval

La CrucifixiónLa enfermedad del Fuego de san Antonio, o Fuego sagrado, y la devoción al crucificado. El monasterios de Isenheim fue consagrado a san Antonio en 1070 para asistir a los enfermos. La Crucifixión es la escena representada en los dos paneles centrales del Retablo de este monasterio. Fe.

Al finalizar la Edad Media, las enfermedades y la muerte campeaban por los campos europeos y la miseria se constituía en uno de los factores que empujaría al mar a las naciones mediterráneas en busca de nuevas rutas que ampliaran sus fronteras comerciales. La población había sido literalmente diezmada por la peste negra y las guerras completaban el macabro escenario en medio del cual el hambre era el protagonista permanente. El pan del Medioevo y de las épocas siguientes era muy diferente del moderno. Para empezar, la mayor parte ese alimento se elaboraba con harina de centeno, de semillas de uva, de flores de avellano y de raíces de helecho. En terrenos fértiles el trigo se cultiva con la misma facilidad del centeno, pero los abonos químicos eran desconocidos y era poco el ganado, la fecundidad de la tierra era mínima y en los suelos pobres el trigo no crece tan bien como el centeno. El pan de trigo era por consiguiente un lujo muy costoso y el centeno u otras clases de pan eran los alimentos usuales del pueblo.

Un hongo denominado cornezuelo (Caviceps purpurea) infecta comúnmente a los granos del centeno en condiciones de humedad durante el almacenamiento y produce una amplia variedad de sustancias conocidas como alcaloides del cornezuelo del centeno, un verdadero arsenal farmacéutico debido a que sintetiza: histamina, acetilcolina, tiramina y otros productos biológicos activos además de una veintena o más de estimulantes. La absorción de los alcaloides del cornezuelo es variable a partir de la vía gastrointestinal. La ingestión accidental de los alcaloides del cornezuelo en granos contaminados se remonta a más de dos mil años a partir de las intoxicaciones epidémicas conocidas como ergotismo. En el año 600 antes de Cristo una tablilla asiria relataba la presencia de una “pústula nociva en la espiga del cereal”. Los persas en sus libros sagrados refirieron: “… entre las cosas malignas creadas por Angro Maynes están las hierbas nocivas que hacen que la embarazada aborte y mueran en el lecho de parto.” Los antiguos griegos rechazaban el “negro y maloliente producto de Tracia y Macedonia.”

Los efectos tóxicos más dramáticos del cornezuelo del centeno son alucinaciones floridas, espasmos arteriales prolongados con gangrena, infarto intestinal y estimulación del músculo del útero con potencial efecto abortivo. Durante el Medioevo a las intoxicaciones por el cornezuelo se denominaron Fuego de san Antonio, con gangrena de pies, piernas, brazos y manos. En los casos graves los tejidos se secaban y se ennegrecían como carbón; los miembros momificados se desprendían sin hemorragia, consumidos por el “fuego sagrado” o mal de los ardientes, puesto que los afectados describían una insoportable sensación de quemadura en las extremidades que los devoraba hasta morir.

Testimonios de las curaciones

Durante los siglos IX al XII, la veneración a san Antonio el Ermitaño originó una gran profusión de iglesias y conventos erigidos para testimoniar las curaciones milagrosas atribuidas al santo en los casos de intoxicación con el cornezuelo. Las peregrinaciones a los santuarios de los monjes de la orden de san Antonio o Antoninos, orden religiosa encargada de curar el mal de los ardientes se difundieron como prácticas médicas y es muy probable que fueran reales ya que los enfermos recibían dieta libre del grano contaminado durante su permanencia en esos lugares con potencial regresión de los síntomas en los casos leves de la enfermedad.

Uno de estos monasterios, en Isenheim al sur de la ciudad francesa de Colmar, fue consagrado a san Antonio hacia el año 1070 para a asistir a los enfermos del Fuego sagrado. Está situado sobre una antigua vía romana que comunicaba a Basilea con los lugares de peregrinación tradicionales de la Edad Media: Roma y Santiago de Compostela. La fama creciente de los monjes por su tratamiento exitoso del ergotismo, hizo que numerosos lisiados buscaran en el monasterio de Isenheim un lugar más de romería durante varios siglos del Medioevo.

El Retablo del monasterio de san Antonio

Matthias Neihardt Gothardt más conocido como Grünewald (1475-1528), pintor e ingeniero hidráulico fue uno de los exponentes del Renacimiento alemán al lado de Alberto Durero y de Lucas Cranach, que permaneció relativamente desconocido hasta el siglo XX. De su obra se ha afirmado que “abraza la vida íntegra con un gran contenido espiritual sin las excitaciones psicológicas de la realidad.”

Se dedicó a ilustrar pasajes bíblicos, especialmente escenas de la crucifixión sombrías y llenas de dolor. El carácter visionario de su obra, con sus expresivos colores y líneas, contrasta con la obra de sus contemporáneos.

Una de sus obras más reconocidas, y equiparada incluso, con trabajos pictóricos de la talla de las Estancias Vaticanas de Rafael y de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, fue el Retablo para el coro de la iglesia del monasterio de san Antonio de Isenheim pintado entre los años de 1512 y 1516, actualmente expuesto en el museo Comunal de Colmar en Francia, donde termina una historia de varios siglos de desconocimiento sobre su autor y que por muchos años fue atribuida al mismo Durero.

La obra constituye un políptico de tres partes alineadas en forma vertical: cada una compuesta por un par de alas movibles y una fija que permitían que el retablo se abriera y reabriera sobre el mismo para recrear las fiestas religiosas a lo largo del año: en la superior la escena de la Crucifixión y en las alas, san Sebastián y san Antonio; en la intermedia, la Natividad y en las laterales la Anunciación y la Resurrección. En la inferior, las alas están dedicadas, la izquierda a san Antonio el Ermitaño y san Pablo, y en la derecha a Las tentaciones de san Antonio.

Ante el retablo eran conducidos los enfermos del Fuego sagrado a la espera de que el santo intercediera para obtener un milagro a su favor, o por lo menos encontraran consuelo en la contemplación de las escenas de la pasión de Cristo allí representadas. De acuerdo con las creencias medievales las imágenes del Calvario y la meditación de su infinito dolor tendrían un poder curativo, acordes con la máxima de “El mejor remedio: la oración, el mejor hospital: la iglesia y el supremo sanador: Cristo.”

Alrededor de la Crucifixión

En una de sus primeras obras, fechada en 1503, Grünewald había pintado El escarnio de Cristo, expuesto actualmente en la Antigua Pinacoteca de Munich, poseedora de un dramatismo hasta entonces inédito. Los rostros de los verdugos sólo expresan brutalidad, de modo casi caricaturesco, lo que recuerda a obras del Bosco (Cristo con la cruz a cuestas) y a los estudios fisonómicos de Leonardo (Cabezas grotescas).

La Crucifixión es la escena representada en los dos paneles centrales del Retablo de Isemheim cuando está cerrado y es la imagen más conocida de dicho retablo, mide 269 centímetros de alto, y 307 de ancho. Está pintado al temple y óleo sobre un panel de madera de tilo. “El eje central es la Cruz en la que yace Cristo, ligeramente descentrado; su cuerpo está crispado, y casi putrefacto, con heridas purulentas. La cruz de madera ha sido realizada a partir de un árbol groseramente tallado. Su brazo horizontal se comba al sostener el cuerpo imponente de un hombre martirizado, retratado en el último espasmo que precede a la muerte. Las manos clavadas a la cruz parecen contorsionarse convulsamente, los brazos se extienden desarticulados por encima de la cabeza reclinada sobre el pecho, cubierta de una impresionante corona de espinas; la boca deshecha por el dolor parece haber exhalado ya el último suspiro.”

Ernst Gombrich, crítico y profesor de arte, comenta la escena: “Como un predicador de la Pasión, Grünewald no ahorró nada para expresar los horrores de la cruel agonía: el cuerpo moribundo de Cristo está deformado por la tortura de la cruz; las espinas de los látigos penetraron en las heridas supurantes que recubren toda la figura. La sangre de color rojo oscuro contrasta claramente con el verde pálido de la carne. Cristo crucificado expresa el significado de su sufrimiento a través de las facciones y del conmovedor gesto de las manos.”

Sobre la misma escena anota el escritor francés Joris-Karl Huysmans: “Este Cristo espantoso, moribundo sobre el altar del hospicio de Isemheim parece hecho a imagen de los afectados por el Fuego sagrado que le rezaban, y se consolaban con el pensamiento que el Dios, al que imploraban, había probado sus mismos tormentos, y que se hubiese encarnado en una forma repugnante como la de ellos, y se sentían menos desventurados y menos despreciables.”

“Es una obra apasionante. Hay elementos en ella de una extraña violencia, casi desagradable. Expresa un misticismo violento. Ilustra las tendencias artísticas de Grünewald: el expresionismo y el realismo de la carne lastimada, uniendo en la misma obra la sobriedad de la composición y del fondo negro con la complejidad y la sobrecarga de la puesta en escena, sumergida en un paisaje colorido, una luz tan pronto solar como pálida, un color denso o traslúcido”. (Patricia Carrasat. Maestros de la pintura).

Impacto sobrecogedor

Su concepción de estos temas conocidos es única; las composiciones, reforzadas por un trazo de enorme expresividad y una riqueza de color sin igual en el arte alemán, producen un impacto visual y emocional sobrecogedor: por ejemplo, el Cristo crucificado, cubierto de heridas y retorcido en la agonía, constituye una imagen vivamente expresada de sufrimiento y muerte.

El Cristo resucitado, que flota triunfal y radiante en una composición ascendente en medio de una luz intensa, es la personificación de la vida eterna. En sus obras posteriores Grünewald no llegó a igualar nunca el esplendor que alcanzó en su gran retablo, aunque muchas se asemejan en estilo y contenido, como en la Pequeña crucifixión (1519-1520), expuesto en la Galería Nacional de Washington.

Francisco González López – Profesor Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 2008.

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Centro ceremonial prehispánico ayuda a reconstruir la historia de Iztapalapa

Centro_CeremonialLos culhuacanos, aproximadamente, hacia el año 1000-1100 de nuestra era fundaron la ciudad de Iztapalapa. Todo el esplendor y desarrollo urbano que ostentó este asentamiento durante siglos terminó, sin dejar evidencias de su existencia, al ser el primer pueblo sometido y arrasado por Hernán Cortés, quien junto con sus huestes convirtió esta antigua ciudad en su cuartel general de cara a la conquista de Tenochtitlán.

Por primera vez, la historia del pasado y presente de Iztapalapa se encuentra en proceso de relaboración, planteamiento y sustentación. Esta región se mantuvo estrechamente ligada al imperio mexica, además de que le rendía tributo. Cuitláhuac fue tlatoani de este lugar y hermano de Moctezuma II. “Por ello la simbiosis étnica, cultural, económica era evidente entre ambas ciudades.”

Así lo explica el arqueólogo Jesús Sánchez, quien encabeza desde hace casi siete años el Proyecto de Investigación Antropológica Cerro de la Estrella, y quien descubrió el año pasado el centro ceremonial de Iztapalapa, precisamente frente a las instalaciones de la sede delegacional.

“Antes de Tenochtitlán, Cortés conquistó y destruyó a Iztapalapa y la tomó como cuartel general para atacar a los mexicas. Esta ciudad fue prácticamente arrasada y todo lo que sabemos de ella ha emergido tras descubrir la cuarta etapa de ocupación, así como las dos etapas constructivas de este recinto ceremonial prehispánico.”

Hasta ahora, las investigaciones arrojan que los vestigios hallados formaban parte del centro ceremonial de los culhuacanos el cual mantiene entre sus características constructivas una plaza hundida, escalinatas y una gran plataforma, de la cual todavía se desconocen las dimensiones exactas, aunque no era una estructura piramidal convencional. “Los límites todavía no los hallamos, pero se considera que tenía 60 metros de largo, con cuatro etapas de ocupación y dos constructivas.”

La recopilación de datos arquitectónicos, etnohistóricos, biológicos, antropológicos y arqueológicos está enfocada, por primera vez, a develar la historia “no sólo desde la época prehispánica, sino del desarrollo histórico-social de Iztapalapa a lo largo de los años hasta llegar al siglo XXI”.

Jesús Sánchez, quien también integró el grupo de especialista que participó en las excavaciones de Luxor, Egipto, hace algunos años, explicó a La Jornada que se han descubierto desde el reinicio de las excavaciones, el pasado 10 de diciembre, otra estructura, además de escalinatas, taludes, restos de vasijas e invaluables fragmentos de cerámica y obsidiana.

“La exploración concluirá antes de Semana Santa, y en esa medida el Consejo de Arqueología determinará si se prolongan las excavaciones; salvo lo que decidan las autoridades del INAH, soy de la idea de que los vestigios se recubran nuevamente, debido al uso social y cotidiano que hace la gente de Iztapalapa de este lugar, sede de fiestas patronales durante casi todo el año.”

Las evidencias arqueológicas se han perdido con el paso de los siglos. Primero, por la nula referencia de crónicas y detalles arquitectónicos sobre la época prehispánica y, después, por la edificación de construcciones modernas, por las cuales se han perdido contextos que servirían para delinear la historia de esta ciudad. “Pero sin duda es un recinto sagrado con muchas estructuras distribuidas en toda la explanada delegacional y en el jardín”.

El experto lamenta: “Los muros y el recubrimiento de estuco están muy delicados debido a la cimentación de edificios y calles y al paso de camiones en la actualidad; el trabajo también ha sido muy difícil por el pequeño espacio que tenemos para explorar; además, también se presenta la incrustación de raíces de árboles en las estructuras prehispánicas”.

La importancia del proyecto, abunda el investigador del INAH, se enmarca en el contexto de que “nunca se había realizado una exploración arqueológica en Iztapalapa, aunque sí se habían realizado trabajos de salvamento, principalmente cuando se inició la construcción de las estaciones del Sistema Colectiva Metro” de la línea 8, que pasa cerca del lugar.

Empero –dice– ello no afectó el centro de Iztapalapa porque ese transporte cruzó por una ladera del Cerro de la Estrella. “También cuando se construyó, hacia 1980, la Central de Abasto hubo mucha exploración arqueológica sobre los vestigios de las chinampas prehispánicas que estaban concentradas en la ribera del lago”.

Lo cierto es que los vestigios quedarían de nuevo sepultados con un relleno de protección geotextil para preservarlos para futuras investigaciones y así se evitarán filtraciones de humedad, elementos dañinos de microambiente y de bacterias que perjudicarían aún más el lugar.